Murió mi amigo
La frase queda flotando en el aire, pesada, increíble, como si las palabras no terminaran de encajar en la realidad. Se hace un silencio repentino en el ruido de todos los días, y de golpe el pasado se viene encima con la fuerza de un río desbordado.
Es una certeza extraña la de la ausencia. Se siente una injusticia sorda, un reproche mudo al tiempo por haber corrido tan rápido.
Con la partida de un amigo no solo se va una persona; se va también una parte de lo que fuimos. Se mueren los testigos de nuestras primeras batallas, los que nos vieron tropezar y nos dieron la mano sin pedir explicaciones. Quedan congeladas las anécdotas en una mesa de café, los viajes planificados que el destino dejó a mitad de camino y esos abrazos apretados que dábamos por sentados, pensando que el futuro era un territorio infinito.
La nostalgia es el precio que pagamos por haber querido bien. Hoy el dolor raspa, pero con los días, esa tristeza empezará a transformarse en un refugio. Quedará el eco de su voz, la marca de sus consejos y la fortuna inmensa de haber caminado un tramo de la vida al lado de alguien que hizo el viaje mucho más liviano. Que descanses en paz, hermano.





