Villa Gesell: el desafío de volver a ser “de amigo a amigo” en una ciudad de 38.000 voces
Por: Silvia Ezpeleta
Identidad y pertenencia
Entre el crecimiento vertiginoso y el olvido de sus raíces, la Villa enfrenta una crisis de identidad. ¿Qué quedó de aquel sueño de Don Carlos sobre médanos y pinos? Un recorrido por el sentido de pertenencia que parece diluirse.
El bosque que ya no todos ven
Hubo un tiempo en que nacer o vivir en Villa Gesell era un pacto implícito de respeto con la naturaleza. Don Carlos Idaho Gesell no solo domó los médanos; creó un ecosistema de convivencia. Sin embargo, en las últimas décadas, el salto demográfico —de apenas 16.000 a casi 38.000 habitantes— transformó el paisaje social.
Muchos de los nuevos residentes llegaron buscando refugio, pero sin conocer el “manual de instrucciones” del lugar. Se habita el suelo, pero no la historia. Ese desconocimiento se traduce en falta de cuidado de la ciudad y sus atractivos: el médano ya no se ve como una reserva viva, sino simplemente como arena sobrante; el bosque ya no es un refugio, sino solo madera; y la playa, nuestra extensión más preciada y casi única en el mundo, sufre el desinterés comunitario de quienes no saben de dónde venimos.
La herencia de Don Carlos: Más que marketing, una filosofía
Don Carlos no solo vendía parcelas; ni siquiera vendía un balneario: vendía un estilo de vida. Sus frases no eran simples eslóganes, eran declaraciones de principios: “Villa Gesell se ha hecho grande y radiante por la recomendación de un amigo satisfecho a otro amigo”. “Lugar predilecto para el descanso durante todo el año”.
Hoy, ese “amigo satisfecho” parece haber sido reemplazado por la indiferencia del anonimato. En Villa Gesell nos conocemos todos… ó mejor dicho, ya no. Nos conocíamos. Y eso está bien, porque las ciudades crecen, pero lo que no crece acorde es el sentimiento de pertenencia y respeto por el lugar.
La “forma de vivir elegantemente informal, original, próspera y llena de gente feliz” que soñó el fundador se desdibuja cuando el vecino ya no conoce al vecino, cuando ya no se trabaja en comunidad, y menos aún se valora la gesta heroica de forestación que permitió que hoy estemos parados aquí.
¿Identidad en extinción?
Villa Gesell parece estar en un punto de quiebre. El sentimiento de pertenencia es el único antídoto contra la degradación de una ciudad. Si el residente no ama su lugar, no lo cuida. Y si no lo cuida, no tiene nada que transmitir al turista.
Siempre me hice una pregunta: ¿Por qué la historia de Don Carlos y de la ciudad no se enseña en los colegios? Si desde chicos supiéramos el esfuerzo que significó para nuestro fundador, para los pioneros y para todas las personas que construyeron instituciones para que la comunidad se desarrolle; si supiéramos quiénes eran, cómo llegaron y cómo vivieron, quiero creer y confío que el sentimiento y el respeto serían otros.
Para que la Villa vuelva a ser ese balneario que se recomienda de boca en boca, primero debemos volver a ser una comunidad que se reconoce en su historia. No somos solo un destino turístico de verano; somos el resultado de un hombre que vio un bosque donde otros solo veían arena.






