.Raíces en el Médano. XI. Un Camino de Ingenio
Por: Silvia Ezpeleta
Llegar a la Villa Gesell de los primeros años no era un viaje, era una expedición. Hoy nos parece natural tomar la Ruta 11 y entrar por la avenida principal, pero en los albores de la Villa, el acceso era el desafío final para los intrépidos pioneros. El libro “Historia de Gesell” narra la epopeya que significó abrirse paso entre la burocracia, los intereses privados y una naturaleza indómita.
La Guerra de las Tranqueras
La primera gran barrera no fue la arena, sino la propiedad privada. Para llegar a los lotes desde la actual Ruta 11, había que atravesar campos cuyos dueños, reticentes a la “caravana” de visitantes, cerraban sus siete tranqueras con candados. Algunos viajeros cortaban los alambrados con tenazas, provocando la intervención policial.
Ante esto, el ingenio de Don Carlos Gesell no tardó en aparecer. En lugar de romper, descubrió que levantando el perno de la bisagra se podía hacer pivotar la tranquera sobre el candado, abrirla al revés, pasar y volver a armarla, dejándola intacta. El conflicto de fondo se destrabó cuando Leloir y Fortasín cedieron las tierras con la condición de que Gesell las alambrara. En plena Segunda Guerra Mundial y ante la escasez de metal, Don Carlos hizo una “operación rastrillo” por corralones desde Buenos Aires hasta Dolores, consiguiendo, rollito por rollito, los 80 rollos necesarios.
La “Fangosa Hermandad” al Volante
El camino se inauguró en noviembre de 1943 tras una nivelación con caballos percherones y una mezcla inventada por Gesell de esparto, tierra colorada y arena fina. Sin embargo, los días de lluvia lo transformaban en una pista de patinaje intransitable.
Para salir, los automovilistas se reunían en caravana en lo que hoy es la capilla, esperando un camión de doble tracción de Gesell que garantizaba el cruce de los vados. Como en un western, los vehículos se internaban en el incierto sendero barrial. Quienes vivieron esas peripecias recuerdan anécdotas extremas, como un viaje nocturno desde la estación Juancho cargando cemento bajo un diluvio, donde el camión cayó en un pozo de barro con tanta fuerza que perdió el tren trasero por completo, quedando las bolsas solidificadas al costado de la ruta por una década. De esas travesías y la ayuda mutua nació un lazo inquebrantable, bautizado con humor por los mismos viajeros como la “fangosa hermandad de los pioneros”.





