.Raíces en el Médano. XXII. Desafiando al Atlántico: la historia del Muelle de Pescadores
Por: Silvia Ezpeleta
Entre las postales que definen la identidad de Villa Gesell, el Muelle de Pescadores ocupa un lugar de absoluto privilegio. Su construcción dejó una huella imborrable desde los cimientos: cuando el martinete comenzó a golpear los pilotes en la playa a la altura del Paseo 129, el retumbo fue tal que incluso las casas más lejanas sintieron aquel leve temblor que anunciaba una obra histórica para la ciudad.
Con sus dimensiones imponentes —cuatro metros de ancho, ciento cincuenta metros de largo y una altura de ocho metros sobre el nivel de la playa—, la obra avanzó desafiando las mareas. Se la dotó de iluminación, una caseta de acceso y una pluma para la bajada de botes, convirtiéndose en una estructura sólida pensada tanto para la navegación como para la pesca.
Punto de encuentro y memoria
Desde su inauguración en 1970, el muelle se transformó en una atracción inevitable. Munidos de cañas, mediomundos y la ilusión de conseguir una buena pieza, residentes y turistas hicieron de esta proyección costera su lugar de reunión. Caminar sobre sus maderas al atardecer o sentir el impulso del mar debajo de los pies se volvió un rito indispensable de la vida geselina.
Pero el muelle guarda también una de las leyendas urbanas más conmovedoras de nuestra comunidad: la historia de “Pancho”, un perrito fidelísimo que esperó allí, día tras día hasta su muerte, el regreso de su dueño ya fallecido. En el lugar se conserva un recordatorio en su honor, agregándole una cuota de emotividad al paisaje. Con más de medio siglo sobre las olas, el Muelle de Pescadores sigue siendo un faro de recuerdos, afecto y orgullo para toda Villa Gesell.






