.Raíces en el Médano.
XXVII. Imágenes a Cielo Abierto
Por: Silvia Ezpeleta
Mucho antes de que se escuchara el murmullo de una sala a oscuras o el crujido de las butacas de madera, el séptimo arte en Villa Gesell nació bajo el manto de las estrellas. En los primeros veranos, cuando la infraestructura urbana era todavía una promesa, la magia del cine se improvisaba al aire libre: bastaba una sábana blanca tensada entre los pinos o sobre la pared de alguna construcción pionera para que vecinos y veraneantes se reunieran, banquetas en mano, a compartir las primeras proyecciones a cielo abierto.
La mística de las proyecciones bajo las estrellas
Aquellas funciones pioneras tenían un encanto irrepetible. Con el sonido del mar de fondo y el perfume de los acacias, el proyector de 16 mm encendía la noche geselina. No había entradas numeradas ni filas fijas; la gente se acomodaba sobre la arena fresca o llevaba sus propias sillas plegables. Era el cine en su estado más puro y comunitario, donde las fallas del viento o el pestañeo de la luz se celebraban como parte de la aventura.
Del cielo abierto a la gran pantalla
A medida que la Villa crecía y las noches de verano requerían un espacio más estable – protegido de la brisa marina y de los repentinos días de sudestada— nació la necesidad de una sala formal. Así surgió el Cine Playa, marcando la evolución del entretenimiento local. Pasar cine al aire libre a una sala cerrada con proyectores de 35 mm
significó dar el salto hacia la modernidad sin perder la mística social del encuentro.
Un ritual que dejó huella
Tanto las primitivas proyecciones al aire
libre como las funciones del Cine Playa o los posteriores autocines de temporada compartieron el mismo espíritu: reunir a la comunidad. Fueron el punto de encuentro donde los pioneros descansaron del trabajo diario y donde los niños de la época descubrieron por primera vez la magia del cine entre la brisa de la costa y el calor de los vecinos.
¿Sabías que…? La tradición del cine al aire libre se convirtió en un antecedente histórico de las posteriores noches de autocine y de los ciclos culturales en plazas que hoy siguen vivos en Buenos Aires.





